La humedad del día ya no era una escusa para una frente
sudorosa, era tangible y palpable, podias verla en el reflejo de las luces tardías
en la avenida cuando te posabas esperando el autobús recargado sobre un poste astillarte
que crepitaba hinchado por los átomos de liquido que lo rebosaban.
Agitaba su mano flojamente cerca de su rostro, generando más
calor con su movimiento que el débil susurro de aire que buscaba refrescarla
tan desesperadamente.
Esperando, las horas esperando son las que alimentan el alma
tardía de una joven sin esperanza, sus piros que parecen contar el paso de los
minutos mientras las siluetas vienen y van sin dar esperanzas de una sonrisa
conocida. Cierra los ojos pesados y somnolientos, quemados por el sol de la
tarde que se ha ocultado de ti.
Siente sus latidos fuertes y pesados, el corazón de una
mujer es un lugar misterioso aun para ella misma, con rincones oscuros y
superficies filosas que se encarnan en carne fresca en cuanto te pescan
descuidado, viven monstruos del pasado que se escapan de tus sueños solo para
atormentarte de una manera más física, vive el porqué? Y el que tal si?, esta
ese cesto de trozos de ilusiones que nunca se pulieron por completo.
Vive esa niña asustada de su reflejo.
Siente una mano firme pero intangible sobre su hombro, como
el roce de un fantasma que se niega a volver a la tumba del olvido por más que
sus cansados pies lo arrastren a ella. Una sonrisa familiar, un tacto conocido,
manos grandes y firmes que parecen estrujarte hasta la perdición con un solo
roce cariñoso.
Sonríes, la espera a terminado, aun que sea por hoy.
Agregando otro quizás al cesto.
Se alejan de aquella húmeda torre de madera astillada y de
mano en mano empiezas a contar las horas que esperaras la próxima vez que el
decida que quiere verte.






