Las tempestades de mi mente parecen calmarse solo en la
solitud de mi cuerpo, frio e inmóvil tendido sobre una cama poco suave, me
acurruco sobre mi misma, queriendo encontrar esa paz que solo llega de
madrugada.
Respiro y el gélido aire me retorna a los calambres de mis
extremidades y al ardor de mi garganta, aprieto los ojos manténganse cerrados
solo un poco mas, aun no despiertes.
Todo se vuelve borroso, uniéndose en una mancha gris y fría
alrededor de la cual parece girar la realidad. Es increíblemente inconsistente,
la diferencia entre lo que me molesta y lo que no.
No parece lógica la manera en la cual paso de la tristeza a
la alegría y a la desesperación absoluta.
Permanezco con los ojos cerrados y no parece existir el
tiempo, solo el frio, el frio que se cuela bajo las sabanas y se instala
permanentemente en mi piel, bajo la cual se acobija mi verdadero cuerpo, el que
nadie puede tocar, tan inconsistente como mi humor. Pero nadie puede tocarlo
este cuerpo real que es solo mío. Mis curvas y desniveles, cicatrices e
imperfecciones, cada rincón cada sombra, ese es mi reino, mi sueño dentro de un
sueño. Ese es mi verdadero yo.
Mientras la luz se cuela entre la disipan te madrugada puedo
ver como esas curvas se deforman, los colores cambian, lunares aparecen y
desaparecen en total caos y desaparezco. Mi cuerpo, mi hogar no existe y debo
comenzar el día.

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